La Carta

jueves, marzo 12, 2009

El sábado siete de febrero, mientras soplaba el viento en la negra noche, abrí la carta con dedos trémulos. Decía así:                                                               

 

domingo, 14 de diciembre de 1923

 

 

Querido Theodor,

 

Te escribo en el silencio de esta buhardilla, tu buhardilla. Hace treinta y dos días entraste en la relojería, empapado, sacaste un reloj averiado de tu cazadora y me pediste que lo reparara.

Por favor, continúa leyendo.

Se que te resultaba infinitamente curioso que el dueño original de ese reloj se llamase Theodor, igual que tú. Pensaste en la casualidad, y enterraste la verdad que te asaltaba desde dentro: ese reloj era tuyo. Es tuyo. Siempre será tuyo.

Cuando era pequeña mi padre me enseñó que el mundo era como un reloj que funcionaba como una gran máquina con diminutos engranajes, que hacían que todo se moviera. Cada causa seguida de su consecuencia. Mi padre era relojero, así que le pregunté quién era el relojero del mundo. Pero él no creía que hubiese ningún relojero.

Por ese reloj, por haberlo reparado, estoy atrapada en 1923. Y tú seguramente te has ido para no volver. Pero alguien tuvo que crearlo, ¿verdad Theodor? ¿Lo averiguarás algún día?

No importa cuanto tiempo pase, te recordaré durante el resto de mi vida.

 

Katrine

 

P.D.: Levanta la tabla del tercer escalón y dale cuerda.

 

 

Con la cabeza aún dándome vueltas, sin haber desvelado aún los entresijos de la carta, sin creerme nada, obedecí como un autómata programado por un científico loco, bajé las escaleras de madera bajo la luz sucia de la bombilla, y levanté la tabla del tercer escalón.

Allí, entre polvo y telarañas, emitiendo un tenue tic tac, y con la inscripción ya conocida, yacía expectante el reloj. Dudé durante unos segundos, y entonces giré la pequeña manecilla.

Y de pronto todo se volvió tan blanco como la nieve.

El Salto

lunes, marzo 09, 2009

Hoy es lunes, nueve de marzo del dos mil nueve. Los primeros rayos del sol se pegan con una cortina de niebla y lluvia, los cristales repiquetean, me recorre un escalofrío electro-metálico.

Hoy es nueve de marzo. Han pasado treinta días desde que abriera la carta sin destinatario que encontré en esta vieja buhardilla. Treinta y tres desde que llevara un reloj parado a reparar.

La oscuridad se agolpa en un rincón de la buhardilla mientras la luz le gana terreno. Os preguntaréis qué ha pasado en estas cuatro paredes durante todo un mes. Mi mente, confundida, se pregunta cuánto tiempo ha estado evadida de la realidad. Miro el calendario nuevamente, quiero estar seguro de que hoy es lunes.

Hace dos meses que llegué a esta pequeña ciudad, huyendo de mi pasado. Hace cincuenta y ocho días, subí por primera vez las escaleras de la buhardilla. El doce de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro el reloj se paró por última vez a la una menos cuarto de la mañana. De eso hace doscientas veintinueve mil cuatrocientas dos horas.

El siete de diciembre de mil novecientos ochenta y cuatro alguien creó un reloj. Pero hoy es nueve de marzo, y hace treinta días que no escribo en este no-diario. Os preguntaréis qué ha podido dejarme en este estado de alucinación jungiana. La respuesta no se hará esperar.

Hace treinta días, bajo luz eléctrica, con manos nerviosas, abrí un sobre maldito con letras condenadas. Pero esa carta la transcribiré punto por punto otro día, quizás mañana. Porque hoy es nueve de marzo, y, hoy, hace ochenta y seis años que la mujer que me escribió esa carta murió.

Y para mi es como si hubiese pasado ayer.