La máquina de escribir estaba enfurruñada, la buhardilla había dejado de ser aquel espacio de sombras y monstruos, ahora era cálida y tenía mis aromas grabados sobre la madera. Hice el lugar mío: bauticé cada peldaño de la escalera con un nombre, di sentido a cada veta de la madera. Incluso había colgado un par de fotografías para no olvidarme de quién era. Se suponía que en aquel ambiente todo surgiría y podría, finalmente, arrancar a escribir como un demonio blasfemo.
Pero la máquina de escribir seguía enfadada conmigo. En realidad era un ordenador. Pero no dejaba de ser un ordenador poco colaborador.
Pocas cosas se habían salvado de la quema, de la exhaustiva limpieza a la que había sometido a aquel baluarte, medio Fortaleza de la Soledad medio Galería de los Horrores, pero las que habían sobrevivido formaban parte de mi rutina diaria, evocándome trasuntos arquetípicos de profundo calado jungiano. En realidad, toda aquella palabrería y jerga académica propiciada por mis conocimientos sobre Psicología no ayudaban a liberar a la musa, encerrada aún en mí desde que había perdido mi vida.
Como decía, aquellos dos objetos eran sencillos pero evocadores, como rastros de enormes surcos en la palma de la mano del Dios del Tiempo:
Uno de ellos era un antiguo reloj de bolsillo, chapado en plata, con esas diminutas manecillas que se habían quedado paradas el 12 de Septiembre de 1983 a la una menos cuarto de la mañana. Tenía más de cien años, según la fecha de fabricación del interior, 1894. El reverso llevaba una misteriosa inscripción:
Soy tuyo en el tiempo, Katrine.
Y más abajo el firmante:
Theodor.
¿Por qué se había parado aquella máquina perfecta? ¿Por qué había detenido el amor intempestivo de Theodor? ¿Quiénes eran? Mi mente bullía cada vez que contemplaba el reloj detenidamente. Lo dejé sobre la mesa, cerca del ordenador, para llevarlo al relojero en cuanto tuviera oportunidad, repararlo y averiguar cuanto pudiese sobre quiénes habían sido sus propietarios.
El otro objeto aún me producía cierto rechazo: se trataba de un sobre, amarillento, sellado, sin abrir. En su remite figuraba el nombre de Katrine Beverlee, con una cuidada caligrafía. La tinta había perdido parte de su color, como si poco a poco se olvidase del nombre de la remitente.
En el destinatario no figuraba una dirección, sino una fecha.
No abrir hasta el 7 de febrero de 2009.
Un profundo respeto surgía de mi interior hacia aquella carta. Era incapaz de abrirla, era incapaz si quiera de sostenerla entre las manos, como si su mero contacto pudiera liberar fantasmas de malignas intenciones. ¿Qué clase de juego era aquél?


1 disparos:
Maldito! xD
Siempre consigues lo mismo: engancharnos desde el principio.
Ahora me tienes ansiosa por que llege el dichoso siete de febrero xD
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