Rastros del Tiempo

sábado, enero 31, 2009


La máquina de escribir estaba enfurruñada, la buhardilla había dejado de ser aquel espacio de sombras y monstruos, ahora era cálida y tenía mis aromas grabados sobre la madera. Hice el lugar mío: bauticé cada peldaño de la escalera con un nombre, di sentido a cada veta de la madera. Incluso había colgado un par de fotografías para no olvidarme de quién era. Se suponía que en aquel ambiente todo surgiría y podría, finalmente, arrancar a escribir como un demonio blasfemo.

Pero la máquina de escribir seguía enfadada conmigo. En realidad era un ordenador. Pero no dejaba de ser un ordenador poco colaborador.

Pocas cosas se habían salvado de la quema, de la exhaustiva limpieza a la que había sometido a aquel baluarte, medio Fortaleza de la Soledad medio Galería de los Horrores, pero las que habían sobrevivido formaban parte de mi rutina diaria, evocándome trasuntos arquetípicos de profundo calado jungiano. En realidad, toda aquella palabrería y jerga académica propiciada por mis conocimientos sobre Psicología no ayudaban a liberar a la musa, encerrada aún en mí desde que había perdido mi vida.

Como decía, aquellos dos objetos eran sencillos pero evocadores, como rastros de enormes surcos en la palma de la mano del Dios del Tiempo:

Uno de ellos era un antiguo reloj de bolsillo, chapado en plata, con esas diminutas manecillas que se habían quedado paradas el 12 de Septiembre de 1983 a la una menos cuarto de la mañana. Tenía más de cien años, según la fecha de fabricación del interior, 1894. El reverso llevaba una misteriosa inscripción:

Soy tuyo en el tiempo, Katrine.

Y más abajo el firmante:

Theodor.

¿Por qué se había parado aquella máquina perfecta? ¿Por qué había detenido el amor intempestivo de Theodor? ¿Quiénes eran? Mi mente bullía cada vez que contemplaba el reloj detenidamente. Lo dejé sobre la mesa, cerca del ordenador, para llevarlo al relojero en cuanto tuviera oportunidad, repararlo y averiguar cuanto pudiese sobre quiénes habían sido sus propietarios.

El otro objeto aún me producía cierto rechazo: se trataba de un sobre, amarillento, sellado, sin abrir. En su remite figuraba el nombre de Katrine Beverlee, con una cuidada caligrafía. La tinta había perdido parte de su color, como si poco a poco se olvidase del nombre de la remitente.

En el destinatario no figuraba una dirección, sino una fecha. 


No abrir hasta el 7 de febrero de 2009.


Un profundo respeto surgía de mi interior hacia aquella carta. Era incapaz de abrirla, era incapaz si quiera de sostenerla entre las manos, como si su mero contacto pudiera liberar fantasmas de malignas intenciones. ¿Qué clase de juego era aquél?

La Buhardilla

miércoles, enero 28, 2009

 
No voy a decir que las escaleras no rechinaran al subir, ni que no hubiese una ligera capa de polvo y telarañas cuando me encontré con el desván de aquella casa. Tras tres años viajando de tren en tren, tras remendar los sueños con cuerpos fríos de noches para olvidar; encontrarme con aquella casa, hospitalaria hasta los cimientos, deseando que alguien la habitase, implorando que alguien acabara con aquel lento desmigajarse de las paredes hacia el olvido, era imposible no sentirse íntimamente agraciado.


Haces de luz de un sol de una mañana de un gélido invierno mostraban el desolador panorama: cachivaches antiguos cogiendo polvo, arañando las paredes con muecas de un pasado petrificado por la muerte. Como si aún habitasen fantasmas de otras eras y secretos escondidos, y monstruos que, en cualquier momento, iban a saltar sobre mi cazadora de cuero y a devorarme.

Uno no puede enamorarse de un sitio así sin imaginación. Necesita ver la imagen en su mente de cómo quedará cuando se haya limpiado, pulido, barnizado y redecorado. Era necesario que en ese momento me imaginara a mí mismo bajando en brazos toda aquella basura herrumbrosa, era necesario verme cepillando los suelos, clavando puntas, barnizando, pintando, verme instalando el cableado, y decidiendo donde colocaría el ordenador, la estantería, el jukebox, el sofá y la cama.

Incluso necesitaba imaginarme allí con ella, aunque en ese momento no supiera quién era. Y de hecho, no importaba, porque, con una buhardilla así, ¿quién iba a resistirse?

Mis principios serán tus finales

martes, enero 27, 2009

 

Creo que la conversación empezó algo así:

-Echo de menos tu diario.

 -Bueno, técnicamente no era un diario, solo un sitio donde se iba acumulando mierda.

-El mío está en una caja debajo de la cama, acumulando mierda.

 -El tuyo sí era un diario. El mío sólo eran historias inconexas.

-Y poemas.

-Sí, y poemas.

-Y cuentos.

-Si, bueno, y cuentos.

-Y los escribías con tanta pasión, lujuria y sentimientos encontrados que casi parecía un diario de verdad.

-No era un diario.

-Como quieras. Pero siempre los empezabas por el final.

No importa como siguió, pero fue suficiente para que las nieves se derritieran y volviera a discurrir el cauce de la siempre distante diosa inspiración, que tan pronto te colma de regalos y susurros, como te destierra al páramo de la cotidianidad.

Esta vez quiero empezar poniendo las cartas sobre la mesa por una vez, sin aspavientos, sin maquinaciones, solo la pura verdad: no tengo ni idea de hacia dónde va a llevarme la inspiración, no sé a quiénes voy a arrastrar por el camino; sólo se que aprendí a respirar con lo que escribo, y a vivir con lo que respiro.

Qué coño, vuelvo a empezar por el final.

Pero no es un diario.