El sábado siete de febrero, mientras soplaba el viento en la negra noche, abrí la carta con dedos trémulos. Decía así:
domingo, 14 de diciembre de 1923
Querido Theodor,
Te escribo en el silencio de esta buhardilla, tu buhardilla. Hace treinta y dos días entraste en la relojería, empapado, sacaste un reloj averiado de tu cazadora y me pediste que lo reparara.
Por favor, continúa leyendo.
Se que te resultaba infinitamente curioso que el dueño original de ese reloj se llamase Theodor, igual que tú. Pensaste en la casualidad, y enterraste la verdad que te asaltaba desde dentro: ese reloj era tuyo. Es tuyo. Siempre será tuyo.
Cuando era pequeña mi padre me enseñó que el mundo era como un reloj que funcionaba como una gran máquina con diminutos engranajes, que hacían que todo se moviera. Cada causa seguida de su consecuencia. Mi padre era relojero, así que le pregunté quién era el relojero del mundo. Pero él no creía que hubiese ningún relojero.
Por ese reloj, por haberlo reparado, estoy atrapada en 1923. Y tú seguramente te has ido para no volver. Pero alguien tuvo que crearlo, ¿verdad Theodor? ¿Lo averiguarás algún día?
No importa cuanto tiempo pase, te recordaré durante el resto de mi vida.
Katrine
P.D.: Levanta la tabla del tercer escalón y dale cuerda.
Con la cabeza aún dándome vueltas, sin haber desvelado aún los entresijos de la carta, sin creerme nada, obedecí como un autómata programado por un científico loco, bajé las escaleras de madera bajo la luz sucia de la bombilla, y levanté la tabla del tercer escalón.
Allí, entre polvo y telarañas, emitiendo un tenue tic tac, y con la inscripción ya conocida, yacía expectante el reloj. Dudé durante unos segundos, y entonces giré la pequeña manecilla.
Y de pronto todo se volvió tan blanco como la nieve.

