Llovía como si fuésemos liliputienses bajo la ducha de Gulliver. Por un momento eché de menos mi paraguas, después me olvidé de él. Sentía aquella presión en el plexo solar que te empuja por las callejuelas más intricadas de tu mente.
Entré en la relojería como un gato que ha salido escaldado, con aquella sensación blasfema de sentir que alguien me perseguía desde que había salido de casa.
-¿Vas a quedarte ahí parado chorreando?
El relojero que yo habría esperado, el clásico hombre de sesenta años con la vista cansada, la nariz aguileña de sostener juegos de gafas con poderosas lentes, quizás algo de calvicie y vestido sobriamente con ropa formal, ése relojero, no estaba.
En su lugar tenía ante mí a una joven muchacha que apenas llegaba a los treinta, con el cabello más negro que yo recordaba haber visto, con una bata blanca que ocultaba todo lo demás, una sonrisa tan directa como las flechas de Apolo y una mirada azul eléctrico penetrante.
-Yo.., perdona.. –balbuceé intentando rescatar el reloj estropeado del fondo de mi cazadora. –Me he mudado hace poco, mi jardinero me dijo que aquí podríais echarle un vistazo. Lo encontré en la casa, me pareció un buen reloj, pero no sé por qué está parado.
-¡Por fin!- Exclamó. Me lo quitó de las manos como si apenas me escuchara. Bajó una enorme lente y comenzó a estudiarlo por dentro.
-Eres el psicólogo, ¿no?
-¿Qué…? Yo, sí, he comprado esa casa vieja, al final de la calle del 12 de Octubre. Realmente vivo en la buhardilla, la planta baja es solo para los clientes. ¿Tienes idea de quién vivía allí antes?
-Sí. Un hombre, dicen que era un científico loco. Mi padre solía llevarme por allí y decirme: “Sino te portas bien, el científico loco saldrá…” Menudo gilipollas.
-¿El científico?
-No, mi padre. El científico era un pobre loco, tendrías un montón de trabajo con él.
Sonreí por la bromita, pero realmente estaba desconcertado.
-Antes, cuando te he dado el reloj, has dicho “¡por fin!”, ¿por qué?
-Bueno…, todo el mundo sabía que ese hombre tenía un reloj parado, no hacía otra cosa que darle cuerda todo el día, pero jamás lo traía a arreglar. De hecho era la razón por la que mi padre me llevaba por allí, intentaba que nos dejara arreglar el reloj. Quería que su hija aprendiera el viejo oficio, ya sabes.
-Entiendo. ¿Se llamaba Theodor, el científico?
-¿Theodor? No.
-¿Tiene arreglo?
-Si, está un poco sucio, y habrá que hacer un par de piezas, ¿ves? Pero mi padre va a ponerse muy contento.
-Claro.
-Te lo puedo tener listo para el lunes, si es que sigues en la buhardilla.
-Esperaba no irme tan pronto, y menos después de haber conocido a alguien.

